Las dos Dianas
Las dos Dianas —SÃ, monseñor: he sabido todo cuanto deseaba saber. No olvidaré vuestras palabras, aunque duermen seguras dentro de mi corazón, pero las tendré siempre presentes. Perdonadme, monseñor: necesitaba convencerme de que la ambición del duque de Guisa continuaba adormecida. ¡Adiós, monseñor!
—Hasta la vista, amigo mÃo.
Gabriel salió del palacio de las Tournelles más triste y desalentado que cuando entró en él.
—Contaba con dos auxiliares humanos —murmuraba para s×, y ninguno de los dos me ayudará. ¡Ya no me queda más que Dios!