Las dos Dianas
Las dos Dianas
IVÍA Diana de Castro en el Louvre sufriendo vivos pesares y mortales angustias.
También esperaba, pero su papel era tal vez más cruel que el del mismo Gabriel.
No se habían roto por completo los lazos que la unían al que tanto la había amado, pues todas las semanas iba el paje Andrés al palacio de la calle de los Jardines de San Pablo a preguntar a Aloísa por el conde.
No eran muy tranquilizadoras las noticias que Andrés le llevaba: el joven conde de Montgomery continuaba tan taciturno, tan sombrío, tan triste como siempre, la nodriza no hablaba de él más que con lágrimas en los ojos y con el rostro pálido.
Diana vaciló durante bastante tiempo, pero al fin, una mañana del mes de junio adoptó un partido decisivo para poner término a sus dolores.
Envuelta en un manto sencillo, cubrióse el rostro con un velo, y cuando todos dormían en el Louvre, se dirigió al domicilio de Gabriel acompañada por Andrés.
Ya que él evitaba encontrarla y callaba obstinadamente, ella iría a buscarle y sabría a qué atenerse. ¿Por qué no había de ir una hermana a visitar a su hermano? ¿Acaso no era obligación suya advertirle o consolarle?
