Las dos Dianas
Las dos Dianas Desgraciadamente iba a resultar inútil todo el valor que necesitó Diana para dar aquel paso. Gabriel, entregado a sus correrÃas cuya costumbre no habÃa perdido, buscaba también las horas solitarias, y cuando Diana de Castro llamaba a la puerta de su palacio con mano temblorosa, aquel habÃa salido hacÃa ya más de media hora.
¿Le esperarÃa? No se sabÃa nunca cuándo volverÃa Gabriel a su casa, y si Diana permanecÃa mucho rato fuera del Louvre se exponÃa a las calumnias…
¡Pero no importaba! ¡EsperarÃa! ¡EsperarÃa al menos durante el tiempo que tenÃa intención de dedicarle si le hubiese hallado en casa!
Andrés hizo entrar a su ama en una habitación apartada y corrió a avisar a AloÃsa.
Años hacÃa que no se veÃan AloÃsa y Diana, la mujer del pueblo y la hija del rey, pero si no se habÃan visto desde los tiempos felices de Montgomery y Vimoutiers, un mismo pensamiento habÃa llenado las vidas de las dos, y una misma inquietud llenaba todavÃa de temores sus dÃas y de pesadillas sus noches.
Asà pues, cuando AloÃsa, que corrió presurosa a la habitación donde esperaba Diana, quiso inclinarse ante ella, la de Castro se arrojó en sus brazos, como solÃa hacer en otro tiempo, y la abrazó exclamando:
—¡Mi querida nodriza!