Las dos Dianas
Las dos Dianas —¡Ah, señora! —dijo AloÃsa con lágrimas de gratitud en los ojos—. ¿TodavÃa os acordáis de mÃ? ¿TodavÃa me conocéis?
—¡Que si me acuerdo de ti! ¡Que si te conozco! ¿Crees que puedo olvidarme de la casa de Enguerrando? ¿Crees que no conocerÃa ya el castillo de Montgomery?
AloÃsa contemplaba a Diana con suma atención; al cabo de algunos momentos de muda contemplación, juntando las manos, sonriendo y suspirando a la vez, exclamó:
—¡Qué hermosa sois!
SonreÃa la buena mujer porque querÃa a la niña que hoy era una dama bellÃsima, y suspiraba porque, viéndola, apreciaba toda la extensión del dolor de Gabriel.
Diana comprendió la significación de aquella mirada melancólica y a la par alegre, y se apresuró a decir, ruborizándose un poco:
—No es de mà de quien he venido a hablar, querida nodriza.
—De él, ¿verdad? —preguntó AloÃsa.
—¿De quién hacÃa de ser? A ti puedo descubrirte mi corazón… ¡Cuanto siento no haberle encontrado en casa! VenÃa a consolarle consolándome a mà misma… ¿Cómo está? Muy triste, muy afligido, ¿no es cierto? ¿Por qué no ha ido una vez siquiera a verme al Louvre? ¿Qué dice? ¿Qué hace? ¡Habla, AloÃsa, habla!