Las dos Dianas
Las dos Dianas —¡Ay, señora! ¡Razón tenéis al suponerle triste y afligido!, figuraos…
—Espera, AloÃsa —interrumpió Diana—. Antes de que empieces, quiero hacerte una recomendación. Yo estarÃa aquà escuchándote hasta mañana, sin cansarme, sin advertir que el tiempo pasa, pero, como comprenderás, es preciso que vuelva al Louvre antes de que adviertan mi ausencia. Vas a prometerme una cosa: cuando haya transcurrido una hora, tanto si él ha venido como si no, me lo advertirás para que me vaya.
—Es que también yo soy capaz de olvidar que pasa el tiempo, porque tampoco yo me cansarÃa nunca de hablaros y de escucharos.
—Entonces, ¿qué hacemos? Ya no tengo confianza en ninguna de las dos.
—Podemos dar tan penoso encargo a otra persona…
—¡Es verdad! ¡A Andrés!
El paje, que habÃa quedado en la estancia contigua, prometió que avisarÃa cuando hubiese transcurrido una hora.
—Ahora —dijo Diana, volviendo a sentarse junto a la nodriza—, podemos hablar con tranquilidad y confianza, ya que no puede ser con alegrÃa.
Desgraciadamente, aquella conversación, que tan del agrado era de las dos afligidas mujeres, ofrecÃa muchas dificultades y no pocas amarguras.