Las dos Dianas
Las dos Dianas En primer lugar, ninguna de las dos sabía hasta qué punto estaba enterada la otra de los terribles secretos de la Casa de los Montgomery, y en segundo, existían en la vida de su joven señor muchas y muy intranquilizadoras lagunas que Aloísa no conocía y que ella misma tenía miedo de conjeturar. ¿Cómo explicar sus ausencias, sus regresos repentinos, sus preocupaciones, su mutismo?
Aloísa, sin embargo, contó a Diana todo lo que sabía, o a lo menos, todo cuanto veía, y Diana, escuchando a la nodriza, experimentaba viva satisfacción porque oía hablar de Gabriel, y vivo dolor porque lo que de Gabriel escuchaba era bien triste.
En efecto: las confidencias de Aloísa no eran muy a propósito para calmar la ansiedad de Diana, sino más bien para reavivarla, y aquel testigo apasionado de los sufrimientos y de la desesperación del joven conde hacía que la pobre Diana creyese estar viendo los tormentos de la agitada vida de Gabriel.
Diana se convenció más y más de que, si había de salvar a las personas a quienes quería, debía intervenir activamente y sin demora.
Cuando se cambian confidencias, una hora se pasa muy pronto, aunque aquellas sean tristes. Diana y Aloísa quedaron asombradas cuando oyeron que Andrés llamaba a la puerta.
—¿Ya? —preguntaron las dos a la vez.