Las dos Dianas
Las dos Dianas —¡Vaya! Me estaré un cuarto de hora más —dijo Diana.
—¡Tened cuidado, señora! —advirtió la nodriza.
—Tienes razón, AloÃsa; debo irme y me voy, pero oye una palabra más: en todo lo que me has dicho de Gabriel, has omitido… me parece que no… en una palabra: ¿es que nunca habla de mÃ?
—Nunca, señora; lo confieso.
—¡Oh! ¡Hace bien! —exclamó Diana suspirando.
—¡Mejor harÃa si tampoco pensase en vos!
—¿Crees, pues, que piensa en mÃ, AloÃsa? —preguntó vivamente Diana.
—No sólo lo creo; de ello estoy más que segura, señora.
—Sin embargo, pone los medios para no encontrarse conmigo… nunca va al Louvre…
—No es la persona que él ama —dijo AloÃsa moviendo dolorosamente la cabeza— la causa de que no vaya al Louvre.
—Comprendo —pensó Diana estremeciéndose—; la causa es la persona que odia… ¡Necesito verle! —prosiguió en voz alta—. ¡Es de todo punto necesario!
—¿Queréis que le diga de parte vuestra que vaya a visitaros al Louvre?