Las dos Dianas
Las dos Dianas —¡No, no! ¡Al Louvre, de ningún modo! —exclamó Diana con terror—. ¡Que no vaya al Louvre! Yo veré… acecharé, aprovecharé una ocasión, como la he aprovechado esta mañana, y vendré aquÃ.
—¿Y si ha salido como hoy? ¿Qué dÃa, qué semana vendréis? ¿Podéis decÃrmelo, poco más o menos? Porque en este caso esperarÃa, como comprenderéis.
—¡Pobre de mÃ! —exclamó Diana—. ¡Hija del rey de Francia, no puedo saber en qué dÃa, en qué hora, en qué instante disfrutaré de un minuto de libertad! Sin embargo, si es posible, yo enviaré con la anticipación debida a Andrés.
El paje llamó por segunda vez a la puerta de la estancia.
—Señora —dijo—; empiezan a llenarse de gente las calles y los alrededores del Louvre.
—¡Voy… voy! —respondió Diana.
Dirigiéndose a la nodriza, repuso:
—Abrázame, mi querida AloÃsa; abrázame muy fuerte, como cuando era niña, como cuando era dichosa.
Mientras AloÃsa, cuya emoción le impedÃa pronunciar palabra, la tenÃa entre sus brazos, repetÃa Diana:
—¡Vela por él… cuÃdale mucho…!
—¡Como cuando era niño… como cuando era dichoso! —dijo la nodriza.