Las dos Dianas
Las dos Dianas —¡Más todavÃa, AloÃsa, mucho más, porque entonces no lo necesitaba tanto como hoy!
Diana salió del palacio de los Montgomery antes de que Gabriel hubiese vuelto.
Sobre media hora después se encontraba en sus habitaciones del Louvre. Ningún tropiezo desagradable habÃa tenido, pero si estaba tranquila con respecto a las consecuencias del arriesgado paso que acababa de dar, es lo cierto que habÃan aumentado sus temores con respecto a los misteriosos proyectos de Gabriel.
Los presentimientos de una mujer enamorada suelen ser las profecÃas más claras y evidentes.
Estaba bastante avanzado el dÃa cuando Gabriel volvió a su palacio, rendido de cuerpo y postrado de ánimo, de resultas de sus pensamientos y del calor del dÃa, que era sofocante. Sin embargo, no bien AloÃsa pronunció el nombre de Diana y dijo que habÃa ido a visitarle, se incorporó sin muestras de fatiga, se reanimó, y palpitante de emoción preguntó:
—¿Qué querÃa? ¿Qué ha dicho? ¿Qué ha hecho? ¡Oh…! ¡Por qué habré salido hoy…! ¡Pero, habla… dÃmelo todo, AloÃsa! ¡RepÃteme todas sus palabras… hasta sus gestos!
La pobre nodriza no podÃa casi contestar las preguntas que en serie rapidÃsima le dirigÃa Gabriel.