Las dos Dianas
Las dos Dianas —¿Quiere verme? ¿Desea decirme algo? ¡Ah! ¿No sabe cuándo podrá volver? ¡Pero es el caso que yo no puedo esperar en esta incertidumbre! ¡Comprendes, AloÃsa, que es imposible! ¡Voy al momento al Louvre!
—¿Al Louvre? ¡Jesús! —exclamó AloÃsa con espanto.
—Al Louvre, sÃ; ¿por qué no he de ir? —replicó Gabriel con calma—. ¡Supongo que no me han prohibido la entrada, y me parece que el hombre que en Calais libertó a la señora Diana de Castro, derecho tiene a ofrecerla sus homenajes en el Louvre!
—Sin duda, sÃ… —respondió AloÃsa con voz temblorosa—; pero la señora de Castro me ha recomendado mucho que no vayáis a verla al Louvre.
—¿Tengo, acaso, por qué temer? —replicó Gabriel con altivez—. Y si lo tuviera, serÃa doble motivo para que fuese.
—No creo que lo haya dicho por vos, sino por ella…
—Mucho más padecerÃa su reputación si se supiera que habÃa venido a visitarme en secreto, que yendo yo a sus habitaciones públicamente y a la luz del dÃa, que es lo que voy a hacer ahora mismo.
Inmediatamente llamó a su criado para que le preparase un vestido nuevo.