Las dos Dianas
Las dos Dianas
ABRIEL entró en el Louvre sin ninguna dificultad. Desde la toma de Calais, habÃa sido pronunciado con demasiada frecuencia el nombre del joven conde de Montgomery para que nadie pensase en negarle la entrada en los aposentos de la señora de Castro.
Bordaba Diana en compañÃa de una de sus doncellas. Con frecuencia suspendÃa la labor para recapacitar sobre la conversación que aquella mañana habÃa tenido con AloÃsa.
De pronto entró Andrés en la cámara, y visiblemente azorado, anunció:
—¡Señora… el señor vizconde de Exmés!
El paje no habÃa perdido la costumbre de llamar asà al que fue su amo.
—¿Quién? ¿El señor de Exmés aqu� —exclamó Diana aterrada.
—Me sigue, señora… aquà le tenéis.
Gabriel apareció en el dintel, dominando su emoción lo mejor que pudo. Saludó inclinándose profundamente ante Diana, la cual, en el primer momento, ni siquiera le contestó: tan completa era su confusión.
No tardó, sin embargo, en despedir con una leve indicación a la doncella y al paje.
Cuando quedaron solos Diana y Gabriel, se acercaron una a otro y se estrecharon las manos.
