Las dos Dianas

Las dos Dianas

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Capítulo XXXI

GABRIEL entró en el Louvre sin ninguna dificultad. Desde la toma de Calais, había sido pronunciado con demasiada frecuencia el nombre del joven conde de Montgomery para que nadie pensase en negarle la entrada en los aposentos de la señora de Castro.

Bordaba Diana en compañía de una de sus doncellas. Con frecuencia suspendía la labor para recapacitar sobre la conversación que aquella mañana había tenido con Aloísa.

De pronto entró Andrés en la cámara, y visiblemente azorado, anunció:

—¡Señora… el señor vizconde de Exmés!

El paje no había perdido la costumbre de llamar así al que fue su amo.

—¿Quién? ¿El señor de Exmés aquí? —exclamó Diana aterrada.

—Me sigue, señora… aquí le tenéis.

Gabriel apareció en el dintel, dominando su emoción lo mejor que pudo. Saludó inclinándose profundamente ante Diana, la cual, en el primer momento, ni siquiera le contestó: tan completa era su confusión.

No tardó, sin embargo, en despedir con una leve indicación a la doncella y al paje.

Cuando quedaron solos Diana y Gabriel, se acercaron una a otro y se estrecharon las manos.


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