Las dos Dianas
Las dos Dianas Durante un minuto se miraron en silencio con las manos cogidas, hasta que al fin, dijo Gabriel con voz profunda:
—Has tenido la bondad de ir a mi casa, Diana; manifestaste deseos de verme, de hablarme, y aquà me tienes.
—¿Es decir, que ha sido el paso, acaso imprudente, que he dado lo que te ha hecho conocer que necesitaba verte? ¿No lo sabÃas ya antes de que yo fuera a tu casa?
—Diana —contestó Gabriel sonriendo con tristeza—, como he dado en varias ocasiones pruebas de valor, puedo decir sin inconveniente que me daba miedo venir al Louvre.
—Miedo… ¿de quién?
—Te tenÃa miedo a ti… y miedo a mà mismo.
—¿Y el miedo te hizo olvidar nuestro afecto? Hablo de un afecto puro y santo —se apresuró a añadir.
—Confesaré que hubiese preferido olvidarlo todo, Diana, a entrar voluntariamente y espontáneamente en el Louvre. Pero no he podido, bien lo ves, y la prueba…
—La prueba, sÃ; explÃcamela.