Las dos Dianas
Las dos Dianas —La prueba es que ando buscándote por todas partes, y que, a pesar de que me daba miedo tu presencia, habrÃa dado todos los tesoros del mundo por verte durante un minuto, aunque fuera desde lejos. La prueba es que, en mis correrÃas por ParÃs, Fontainebleau y todos los sitios reales, en lugar de desear encontrarme con lo que creen las gentes que ando buscando, eras tú, tu rostro dulce y encantador, tu vestido vislumbrado entre las ramas de los árboles o en alguna azotea, lo que yo anhelaba ver. Por último: la prueba es que, apenas has dado un paso hacia mÃ, he olvidado la prudencia, el deber, los terrores, todo, y aquà me tienes en el Louvre, de donde deberÃa huir. Otra prueba más: contesto todas tus preguntas, aunque comprendo muy bien que contestarlas es altamente peligroso… pudiera añadir insensato. ¿Te parecen bastantes las pruebas presentadas, Diana?
—¡SÃ… sÃ, Gabriel! —contestó la joven con voz conmovida.
—¡Ah! —prosiguió Gabriel—. ¡Cuánto más prudente habrÃa sido persistir en mi firme resolución, no verte, huir si me llamabas, sellar mis labios si me preguntabas! ¡Hubiera sido mejor para ti y para mÃ, Diana, créelo! ¡Bien sabÃa yo lo que me hacÃa! PreferÃa que vivieras intranquila a que te atormentasen dolores… ¿Por qué, Dios mÃo, carezco de fuerzas para resistir el encanto de tu voz, el atractivo de tus miradas?