Las dos Dianas

Las dos Dianas

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Diana empezaba a comprender que cometió un error al intentar salir de su indecisión mortal. Cualquier tema de conversación que abordasen sería fuente de sufrimientos, y cualquiera pregunta que formulase encerraba terribles peligros. Entre aquellos dos seres, creados por Dios para ser felices, quizás, sólo podía haber ya, gracias a los hombres, desconfianzas, peligros y desventuras.

Pero Diana había provocado a la suerte, y ya no era caso de intentar esquivar su encuentro. Así lo pensó Diana, que resolvió sondear el abismo cuyas profundidades había tanteado aunque en estas encontrase la desesperación y la muerte.

—Deseaba verte por dos motivos principales, Gabriel —dijo Diana después de una pausa—. Primera: porque tenía que darte una explicación; segunda: porque deseaba exigirte otra.

—Habla, Diana; corta y desgarra a tu sabor mi corazón, que ya sabes que es tuyo.

—Deseaba explicarte ante todo, Gabriel, por qué, tan pronto como recibí tu mensaje, no tomé el velo que me devolvías, entrando sin dilación en un convento cualquiera, conforme ofrecí hacerlo en Calais, el día que celebramos nuestra última y dolorosa entrevista.


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