Las dos Dianas

Las dos Dianas

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Montaba Enrique II un hermoso caballo blanco, que llevaba un caparazón de terciopelo guarnecido de oro, y era el caballero más elegante y más hábil de cuantos se presentaron. Llevaba su lanza con gracia y seguridad admirables, y rara vez pasaba sin ensartar una sortija. Sin embargo, tenía un digno competidor en el señor de Vieilleville, en cuyo favor hubo momentos en que pudo creerse que se decidiría la victoria, pues aventajaba en dos sortijas al rey, y en la palomilla no quedaban más que tres. Con todo, el señor de Vieilleville, como buen cortesano, erró sucesivamente las tres, y el rey, merced a este azar prodigioso, obtuvo el premio.

Al recibir la sortija se detuvo un momento, vaciló, dirigió con sentimiento una mirada a Diana de Poitiers, pero era un premio de la reina y se vio en la precisión de ofrecerlo a María Estuardo, la nueva delfina.

—¡Qué! —exclamó, durante el breve entreacto que siguió a la primera carrera—. ¿Hay esperanzas de salvar al señor d’Avallon?

—Respira todavía, señor, pero se le considera perdido sin remedio.

—¡Lo lamento, lo lamento de veras…! —dijo el rey—. ¡Es sensible… pero pasemos al juego de los gladiadores!


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