Las dos Dianas

Las dos Dianas

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Capítulo XXXII

A pesar de los esfuerzos hechos por Diana para impedirlo, o mejor dicho, a consecuencia de aquellos mismos esfuerzos, sucedió lo que la conturbada joven había previsto y temido.

Gabriel salió de su aposento triste y abatido; como si la fiebre de Diana se le hubiese contagiado, su vista estaba ofuscada y embrolladas sus ideas.

Caminaba como un autómata, bajaba maquinalmente las escaleras y cruzaba los corredores del Louvre sin cuidarse de los objetos exteriores.

Sin embargo, en el momento de abrir la puerta de la gran galería, se acordó de que, a su regreso de San Quintín, había encontrado allí a María Estuardo, y que merced a la intervención de la joven delfina, había conseguido llegar hasta la persona del rey, que le tenía preparado el primer desengaño.

¡Porque no le habían engañado y ultrajado una vez sola! ¡Eran varias las heridas de muerte que habían causado a sus esperanzas! ¡Después de la primera burla, debió haberse acostumbrado a las interpretaciones caprichosas, cobardes de la letra de un convenio sagrado!

Gabriel abría la puerta y entraba en la gran galería resolviendo en su imaginación aquellos recuerdos irritantes.

De pronto se estremeció; retrocedió un paso, y quedó como petrificado.


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