Las dos Dianas

Las dos Dianas

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Acababan de abrir la puerta paralela del extremo opuesto de la galería.

Entró un hombre, y aquel hombre era Enrique II, el autor, y si no el autor, el cómplice principal de las criminales decepciones que habían amargado y perdido para siempre el alma y la vida de Gabriel.

El rey iba solo, sin armas ni acompañamiento.

El ofensor y el ofendido se encontraban, por vez primera después del ultraje, frente a frente, solos, separados uno de otro por una distancia de cien pasos escasos, que podía salvarse en veinte segundos.

Hemos dicho que Gabriel había quedado inmóvil, petrificado, como una estatua… ¡cómo una estatua, sí! ¡Cómo la estatua de la Venganza, como la estatua del Odio!

También se paró el rey al ver de improviso al hombre que, desde hacía un año, sólo veía en sus pesadillas.

Cerca de un minuto permanecieron aquellos dos hombres sin moverse, sin respirar casi, fascinados.

En el torbellino de sensaciones y de ideas que llenaban de tinieblas el corazón de Gabriel, no acertaba este a hacer una reflexión ni sabía qué resolver: esperaba.


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