Las dos Dianas

Las dos Dianas

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De las ocho carreras verificadas, ganó tres el rey y otras tres el coronel general Bonnivet. Faltaba la novena y última que debía decidir entre los dos, pero el señor de Bonnivet, cortesano no menos respetuoso que el señor de Vieilleville, pese a la buena voluntad de su caballo, se retardó lo bastante para que Enrique II saborease por segunda vez los honores del triunfo.

Dirigióse entonces el rey adonde estaba Diana de Poitiers, y públicamente puso en su brazo el brazalete que acababa de recibir. La reina palideció de rabia.

Gaspar de Tannes, que estaba detrás de ella, se inclinó al oído de Catalina de Médicis y dijo en voz baja:

—Señora: seguidme con la vista y mirad lo que hago.

—¿Y qué vas a hacer, mi valiente Gaspar? —preguntó la reina.

—Voy a cortarle la nariz a la de Valentinois —respondía con gravedad y resolución Gaspar.

Catalina le detuvo entre asustada y contenta.

—¿No comprendes, Gaspar, que te pierdes?

—Lo comprendo, sí, pero perdiéndome, salvaré al rey y a Francia.

—¡Gracias, Gaspar, gracias! Eres tan buen amigo como valiente soldado; pero te mando que te quedes aquí. Tengamos paciencia, amigo mío.


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