Las dos Dianas

Las dos Dianas

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¡Paciencia! Era, en efecto, la divisa a la que Catalina de Médicis parecía haber amoldado hasta entonces los actos todos de su vida. La mujer que andando el tiempo ocupó el lugar más visible de la primera fila, por la época a que nos referimos, no aspiraba, al parecer, a salir de la sombra del segundo: esperaba. Esperaba que llegase su oportunidad, y sin embargo, se hallaba en todo el apogeo de su hermosura, de aquella hermosura que nos ha legado el señor de Bourdeille hasta en sus detalles más minuciosos e íntimos. Pero ella evitaba con cuidado exquisito ponerse de relieve, siendo lo probable que a esta modestia aparente fuera deudora del silencio absoluto que la maledicencia guardó a su respecto mientras vivió su esposo. Únicamente el brutal condestable osó decir al rey que, después de diez años de esterilidad, los diez hijos que Catalina dio a Francia no tenían el menor parecido con su padre. No se sabe de ninguna otra persona que tuviera la temeridad de pronunciar una sola palabra contra la reina.

Catalina de Médicis no fijó su atención en los obsequios que el rey tributó a Diana de Poitiers en presencia de toda la corte, o por lo menos, no pareció que la fijase. Luego que hubo calmado la terrible indignación del mariscal Gaspar de Tannes, se dirigió a sus damas comentando las carreras que acababan de verificarse y la destreza desplegada por Enrique II.


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