Las dos Dianas

Las dos Dianas

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Después de haber dado gracias a Dios, que de un modo tan visible le había favorecido, se acercó el rey al caballo, le calmó, recompuso la rienda y montó de nuevo. Lo primero que entonces acudió al pensamiento del rey fue el deseo de volver, rugiendo de furor, a donde había quedado el hombre que, de no haber sido por la intervención divina, le hubiese dejado perecer de una manera tan cobarde.

El desconocido permanecía en el mismo sitio, siempre inmóvil y embozado en su negra capa.

—¡Miserable! —gritó el rey cuando creyó que podría ser oído—. ¿No has visto el peligro que corría? ¿No me has reconocido, regicida? Y aun cuando yo no fuese el rey, ¿no era tu obligación salvar a cualquier semejante tuyo, tanto más cuanto podías hacerlo con sólo extender el brazo? ¡Infame…!

El desconocido no se movió, no contestó. Lo único que hizo al cabo de breves segundos fue levantar la cabeza, que Enrique no podía ver porque se lo impedían las alas de su sombrero.

El rey se estremeció al reconocer el rostro pálido y sombrío de Gabriel. Bajó la cabeza y murmuró:

—¡El conde de Montgomery! ¡No tengo derecho a decir nada…!

Y sin añadir una palabra más, espoleó a su caballo y penetró a galope en el bosque.


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