Las dos Dianas
Las dos Dianas
OS contratos matrimoniales de Isabel y de Margarita de Francia debían ser firmados en el Louvre el día 28 de junio. El rey había regresado el 25 a París, más triste y preocupado que nunca.
Sobre todo desde la última aparición de Gabriel, su vida era un suplicio. Le asustaba la soledad y trataba por todos los medios de distraer el sombrío pensamiento que, por decirlo así, le poseía por completo.
A nadie había hablado de su segundo encuentro con Gabriel; al mismo tiempo que lo deseaba, temía confiarse con nadie, por leal que fuera. No sabía qué creer ni qué resolver, y a fuerza de dar vueltas en su imaginación a la idea funesta que se había apoderado de él, concluyeron por confundirse todas las de su mente.
Al fin decidió espontanearse con Diana de Castro.
Daba por cierto que su hija había vuelto a ver a Gabriel; de las habitaciones de aquella salía, a no dudar, este el día que le encontró por primera vez a solas en la gran galería. Diana quizá tuviera noticias de sus propósitos, y en este caso, podía y debía tranquilizar o prevenir a su padre. Enrique II, a pesar de las amargas dudas que le asaltaban, no podía creer que su queridísima hija fuese culpable o cómplice de una traición contra él.
