Las dos Dianas

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Un instinto secreto parecía advertirle que Diana sufría las mismas inquietudes que él, y así era en verdad, porque si la hija del rey no tenía noticia de ninguno de los dos encuentros sobrevenidos entre su padre y Gabriel, es lo cierto que ignoraba qué había sido del último. Andrés, a quien había enviado varias veces al palacio de la calle de los Jardines de San Pablo para que le trajera noticias, volvía siempre sin traerlas. Gabriel había desaparecido otra vez de París. Nosotros le hemos visto en el bosque de Fontainebleau, siguiendo las huellas del rey.

El día 26 de junio por la tarde, estaba Diana completamente sola en su habitación. Una de sus doncellas entró precipitadamente y le anunció la visita del rey.

Enrique II se presentó grave, como de ordinario. Después de los saludos de rigor, entró en materia, como si anhelase desembarazarse cuanto antes de sus importunos temores.

—Mi querida Diana —dijo, fijando sus ojos en los de su hija—; hace tiempo que no hemos hablado del vizconde de Exmés, que ha tomado recientemente el título de Condé de Montgomery. ¿Hace también mucho tiempo que no le ves?

Palideció y se estremeció Diana al oír el nombre de Gabriel, pero, serenándose lo mejor que pudo, contestó:


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