Las dos Dianas
Las dos Dianas —Tan sólo le he visto una vez desde mi regreso de Calais, señor.
—¿Dónde le has visto, Diana?
—AquÃ, en el Louvre, señor.
—Hará unos quince dÃas, ¿no es cierto?
—En efecto, señor; hará quince dÃas aproximadamente.
—Lo sospechaba.
El rey hizo una pausa como si tratara de examinar de nuevo sus pensamientos.
Diana le contemplaba con atención y temor, procurando adivinar el motivo de aquel interrogatorio imprevisto. La grave fisonomÃa de su padre oponÃa a sus investigaciones un muro infranqueable.
—Perdonadme, señor —dijo, haciendo un llamamiento a todo su valor—. ¿Me será permitido preguntar a vuestra majestad por qué, después del dilatado silencio que conmigo ha guardado acerca del hombre que me libró en Calais de la infamia, me concede hoy el honor de esta visita, cuyo objeto exclusivo es, según imagino, preguntarme por él?
—¿Deseabas saberlo, Diana?
—Tengo ese atrevimiento, señor.
—Está bien; lo sabrás todo, y ojalá mi confianza despierte la tuya. Me has dicho repetidas veces que me quieres entrañablemente, ¿no es cierto?