Las dos Dianas

Las dos Dianas

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—Lo he dicho muchas veces y lo repito una más, señor; os amo como a rey, como a bienhechor y como a padre.

—Entonces, sin inconveniente puedo revelarlo todo a mi tierna y leal hija. Escúchame bien, Diana.

—Os escucho con toda mi alma, señor.

Enrique contó entonces los dos encuentros que había tenido con Gabriel: el primero en la galería grande del Louvre y el segundo en el bosque de Fontainebleau. Habló a Diana de la extraña actitud de muda rebelión en que se había colocado el joven, explicando que en el primer encuentro no quiso saludar a su rey y en el segundo no quiso salvarle.

Al oír aquel relato, Diana no supo disimular su tristeza y su espanto. El conflicto entre Gabriel y el rey, que tanto temía, se había producido en dos ocasiones y podía reproducirse en otra más peligrosa con desenlace más terrible.

—Son ofensas demasiado graves, ¿no te parece, Diana? ¡Casi crímenes de lesa majestad! Sin embargo, a nadie he hablado de semejantes ultrajes, he disimulado mi resentimiento en atención a que ese joven ha sufrido por culpa mía, no obstante haber prestado a mi reino gloriosos servicios, que sin duda merecían mejor recompensa…

Clavando en Diana una mirada penetrante, añadió:


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