Las dos Dianas
Las dos Dianas Enrique II dio a su sufrimiento otra interpretación, y dijo, levantándose y paseándose agitado por la estancia:
—¡Te comprendo, Diana! ¡SÃ… lo presentÃa! ¡Debo desconfiar de ese hombre! ¡Vivir viendo constantemente esa espada de Damocles suspendida sobre mi cabeza es imposible! Los reyes tenemos obligaciones que no comprenden a los demás caballeros… Tomaré mis medidas a fin de que no pueda volver a molestarme el señor de Exmés.
Dio un paso como para salir.
¡Terrible situación la de Diana! Comprendió que Gabriel iba a ser acusado, preso tal vez, y serÃa ella la que le hacÃa traición… No pudo soportar esa idea… Las palabras que Gabriel habÃa pronunciado no eran, después de todo, tan amenazadoras.
Cerrando el paso al rey, exclamó:
—¡Aguardad un momento, señor! ¡Me habéis interpretado mal! ¡Os juro que no quise decir lo que habéis pensado! Yo no he dicho, ¡nada más lejos de mi ánimo!, que corra el menor peligro vuestra vida, doblemente sagrada. Las confidencias que el señor de Exmés me ha dicho no han podido sugerirme la sospecha de que pudiera maquinar semejante crimen. Si asà hubiese sido, ¡Dios mÃo…!, ¿no comprendéis que me habrÃa apresurado a revelároslo todo?