Las dos Dianas
Las dos Dianas —Es verdad —respondió Enrique II deteniéndose—. Entonces, ¿qué fue lo que quisiste decirme, Diana?
—Quise decir, señor, que vuestra majestad harÃa bien evitando dentro de lo posible esos encuentros desagradables que hacen que un súbdito ofendido pueda olvidar el respeto que a su rey y señor debe. ¡Pero entre una falta de respeto y un regicidio, señor, media una distancia inmensa! Ahora bien: ¿serÃa digno de vos reparar un primer agravio con una iniquidad?
—¡Ciertamente que no! Nunca fue esa mi intención, y la prueba es que me he callado. Puesto que disipas mis sospechas, Diana, puesto que me respondes de mi seguridad personal ante Dios y ante tu conciencia, puesto que me aseguras que puedo vivir tranquilo…
—¡Vivir tranquilo! —repitió Diana estremeciéndose—. ¡Yo no he afirmado tanto, señor! ¿Qué espantosa responsabilidad queréis colocar sobre mis hombros? Mi parecer es que vuestra majestad debe velar, estar prevenido…