Las dos Dianas
Las dos Dianas —¡No! ¡Yo no puedo estar temiendo, temblando a todas horas! —replicó el rey—. Hace ya dos semanas que mi vida no es vida, y es preciso acabar de una vez. Para ello, una de dos: o confiando en tu palabra me abandono tranquilo a mi suerte, pienso en el reino y no en mi enemigo, no me ocupo para nada del vizconde de Exmés, o bien adopto mis medidas para que el hombre que me aborrece no pueda hacerme el menor daño; denuncio sus insultos a quien tiene poder y derecho para castigarlos, y como ocupo un puesto demasiado elevado y tengo demasiado orgullo para descender hasta el nivel de quien me ofende, dejo el cuidado de defenderme a quien tiene la obligación de velar por mi persona.
—¿A quién os referÃs, señor?
—En primer lugar, a Montmorency, condestable y primer jefe del ejército.
—¡Montmorency! —repitió Diana aterrada.
Aquel nombre aborrecido le recordaba al mismo tiempo todas las desventuras del padre de Gabriel, su largo y duro cautiverio y su horrible muerte. Si Gabriel caÃa en manos del condestable, le esperaba una suerte idéntica, estaba perdido.