Las dos Dianas
Las dos Dianas Con los ojos de la imaginación vio Diana al hombre que tanto amaba sepultado en un calabozo hediondo, sin aire que respirar, muriendo una noche cualquiera, tal vez al cabo de veinte años de sufrimientos espantosos, y muriendo acusando a Dios, a los hombres y sobre todo a Diana, que por haberle oído pronunciar algunas palabras equívocas y de sentido incierto, le había vendido cobardemente.
Nada probaba que la venganza de Gabriel intentara o pudiera alcanzar al rey; en cambio, era seguro que Montmorency sacrificaría a Gabriel.
Todos estos pensamientos se le ocurrieron a Diana en un instante.
El rey formuló definitivamente su pregunta, diciendo:
—Conque, Diana, ¿qué me aconsejas? Como tú puedes apreciar mejor que yo la importancia de los peligros que corro, tu palabra será ley para mí. ¿Debo dejar de ocuparme del señor de Exmés o, por contrario, ocuparme de él de una manera especial?