Las dos Dianas

Las dos Dianas

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—Señor —contestó Diana, asustada por el acento con que el rey pronunció las últimas palabras—, el único consejo que puedo y debo dar a vuestra majestad es que obre inspirándose en los dictados de su conciencia. Si un hombre cualquiera, un hombre a quien vos no hubieseis ofendido, os hubiera faltado al respeto al pasar a vuestro lado o, viéndoos en peligro, villana y traidoramente os hubiese dejado en él, creo que no hubierais venido a pedirme consejo para imponer el justo castigo a que se habría hecho acreedor el culpable. Infiero, pues, que algún motivo muy poderoso ha movido a vuestra majestad a callar y a perdonar, y no veo motivo alguno que aconseje un cambio de conducta. Es mi opinión que debéis continuar obrando como habéis empezado, porque en realidad, si al señor de Exmés se le hubiera ocurrido el pensamiento de cometer un crimen, se me figura que no podía apetecer dos ocasiones más favorables que las que se le ofrecieron en la galería solitaria del palacio y en el bosque de Fontainebleau, al borde de un precipicio…

—Esto me basta, Diana —dijo Enrique—; es cuanto te pedía. Has borrado de mi alma una preocupación muy grave, y te doy las gracias. Desde hoy podré pensar con toda libertad en las fiestas que van a celebrarse con motivo de nuestros casamientos. Quiero que sean espléndidas y que tú te presentes en ellas radiante de belleza y de alegría. ¿Me prometes hacerlo así, Diana?


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