Las dos Dianas
Las dos Dianas —Dispénseme vuestra majestad, pero precisamente deseaba pedirle permiso para no asistir a esas fiestas. PreferirÃa, si he de hablar con franqueza, permanecer en mi soledad.
—¡Diana, por Dios! ¿Pues no sabes que vamos a desplegar una pompa enteramente regia? Habrá juegos y torneos, los más entretenidos del mundo, y yo seré uno de los mantenedores. ¿Qué ocupaciones, hija mÃa, puedes tener, que te obliguen a renunciar a espectáculos tan…?
—Señor —interrumpió Diana con tristeza infinita—, ¡tengo que rezar!
Algunos minutos después, el rey se separaba de Diana de Castro con el alma aliviada de parte de sus angustias.
Verdad es que estas angustias, al dejar libre el corazón de Enrique II, pasaron a gravitar sobre el de Diana.