Las dos Dianas

Las dos Dianas

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Capítulo XXXV

AL ver el aspecto solemne y sombrío del joven conde de Montgomery, el rey sintió correr por sus venas un estremecimiento de sorpresa, y quizás de terror. No quiso, empero, confesárselo a sí mismo, y menos a los que le rodeaban: antes por el contrario, lo reprimió al instante. Reaccionó su alma contra el instinto, y precisamente porque sintió miedo durante un segundo, se mostró bravo y hasta temerario.

Gabriel le volvió a decir con voz lenta y grave:

—Suplico a vuestra majestad que no insista en su deseo.

—¡Insisto, sin embargo, señor de Montgomery! —replicó el rey.

La ofuscación que en el ánimo del rey determinaron tantas emociones hizo que creyese descubrir una especie de reto en las palabras y en el acento de Gabriel. Volvió a apoderarse de él la extraña intranquilidad que Diana de Castro consiguiera disipar momentáneamente, sintió miedo, y al darse cuenta de su estado de ánimo luchó enérgicamente contra su debilidad y quiso acabar de una vez con las cobardes inquietudes que juzgaba indignas de él, de Enrique II, de un hijo de Francia, de un rey.

Con arrogancia tal vez exagerada, dijo a Gabriel:

—Disponeos a romper una lanza conmigo, caballero.


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