Las dos Dianas

Las dos Dianas

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Gabriel, cuya alma estaba tan conmovida, acaso más, que la del rey, se inclinó sin contestar.

En aquel momento se acercó al rey el señor de Boisy, el escudero mayor, y le dijo que le enviaba la reina para suplicar en su nombre a su majestad que, por amor a ella, no rompiese aquella lanza.

—Contestad a la reina que quiero romperla por amor a ella —respondió el rey.

Volviéndose hacia el señor de Vieilleville, añadió:

—¡Vamos, señor de Vieilleville; armadme al instante!

Debido a su preocupación, pedía al señor de Vieilleville un servicio que correspondía al escudero mayor, señor de Boisy. Así lo hizo observar respetuosamente al rey el señor de Vieilleville, a quien sorprendió la demanda del monarca.

—Tenéis razón —contestó el rey—. ¡Qué cabeza la mía!

Como su mirada se encontrase con la fría e inmóvil de Gabriel, repuso con impaciencia:

—¡Pero no! ¡Tenía yo razón! El señor de Boisy tiene que dar cumplimiento a la comisión que le ha confiado la reina, llevando a esta mi respuesta. ¡Bien sabía yo lo que hacía y lo que decía! Armadme, señor de Vieilleville.


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