Las dos Dianas
Las dos Dianas —Siendo asÃ, señor —contestó el señor de Vieilleville—, y puesto que vuestra majestad quiere romper esta última lanza, me permitiré hacer presente que me corresponde el honor de ser el adversario de vuestra majestad, y por lo tanto, reclamo mi derecho. El conde de Montgomery no se presentó en el palenque a su debido tiempo, sino que ha entrado en el campo cuando el torneo habÃa terminado.
—Tenéis razón, caballero —dijo vivamente Gabriel—. Me retiro y os cedo mi puesto.
El interés con que el conde de Montgomery querÃa evitar su encuentro con el rey actuó en el ánimo de este a manera de acicate, porque creyó ver en aquel miramientos insultantes de un enemigo que suponÃa que le infundÃa miedo.
—¡No, no! —respondió al señor de Vieilleville, dando una patada en el suelo—. Quiero romper esta última lanza precisamente con el señor de Montgomery y con nadie más… ¡Y basta de dilaciones! ¡Armadme!
Cruzó una mirada altanera y orgullosa con la grave y serena del conde, y, sin añadir palabra, inclinó la cabeza para que el señor de Vieilleville le pusiera el casco.
Su destino le cegaba.