Las dos Dianas

Las dos Dianas

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El duque de Saboya fue también a suplicarle, en nombre de Catalina de Médicis, que abandonara el palenque; y como Enrique no se dignase contestar a sus instancias, añadió el primero en voz baja:

—La señora Diana de Poitiers, señor, me ha encargado también que os advierta en secreto que os guardéis del adversario contra quien vais a combatir esta vez.

A pesar suyo se estremeció Enrique II al oír el nombre de Diana, pero reprimió una vez más su sobresalto.

—¿Voy a aparentar temor delante de mi dama? —se preguntó mentalmente.

Y continuó guardando el silencio altivo del hombre a quien importunan inútilmente.

El señor de Vieilleville, mientras le armaba, decíale en voz baja:

—Señor: ¡juro por Dios vivo que hace más de tres noches que sueño constantemente que ha de ocurriros hoy una desgracia, y que este día último de junio os ha de ser funesto!

El rey hizo como que no le oía. Estaba armado ya, y embrazó su lanza.

Gabriel tenía ya en sus manos la suya y penetró en la liza.

Una vez montados los dos campeones, se colocaron en los extremos del campo.


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