Las dos Dianas
Las dos Dianas —Que avisen a la señora de Poitiers que el rey quiere hablarle al momento —dijo.
El criado hizo una reverencia y salió a ejecutar la orden.
El joven rey no pareció extrañarse ni menos inquietarse de que usurpasen su autoridad sin su consentimiento, al contrario; se alegraba de ello, le satisfacía todo lo que fuera encaminado a disminuir su responsabilidad y a ahorrarle el trabajo de mandar y de obrar.
El Acuchillado, sin embargo, quiso dar a su iniciativa la sanción del consentimiento real.
—¿He sido temerario, señor —preguntó—, al afirmar que conocía las intenciones de vuestra majestad acerca de este asunto?
—¡De ningún modo, mi querido tío! —contestó presuroso Francisco II—. Obrad y disponed, que de antemano sé que cuanto hagáis estará bien hecho.
—Y lo que acabas de decir está pero que muy bien dicho, querido mío —susurró María Estuardo al oído de su marido.
El orgullo y la satisfacción tiñeron de suaves tonos de carmín el rostro del rey. No es de admirar: por una palabra de aprobación, por una mirada de María Estuardo, hubiese comprometido y entregado todos los tronos de la tierra.
La reina madre esperaba con impaciente curiosidad la determinación que iba a tomar el duque de Guisa.