Las dos Dianas

Las dos Dianas

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—Antes de que tengas un ministro, hijo mío, tu madre se ve en el caso, no de pedirte un favor, sino de hacerte una reclamación.

—Decid mejor una orden que darme, madre mía —respondió Francisco—. Hablad; os lo suplico.

—Se trata, hijo mío, de una mujer que me ha hecho daños sin cuento, y que los ha hecho mayores y más numerosos a Francia —repuso Catalina—. No nos toca a nosotros censurar las debilidades del que hoy nos es más sagrado que nunca, pero vuestro padre, señor, no existe ya, por desgracia; su voluntad no reina ya en este palacio, y sin embargo, esa mujer, cuyo nombre no quiero pronunciar, se atreve a permanecer todavía en él, infligiéndome hasta el fin el suplicio ultrajante de su presencia. Durante el prolongado letargo del rey, se le hizo comprender que no era conveniente que continuase en el Louvre. «¿Ha muerto ya el rey?», preguntó. «No; respira todavía», le contestaron. «Siendo así —replicó—, de nadie más que del rey recibo órdenes». Y se quedó en el palacio con la mayor impudencia.

El duque de Guisa se apresuró a decir, interrumpiendo con respeto a la reina madre:

—Perdonad, señora, que os diga que creo conocer las intenciones de su majestad a propósito del asunto de que habláis.

Y sin más preámbulos dio un golpe sobre el timbre y apareció un criado.


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