Las dos Dianas
Las dos Dianas —Señor —contestó a su hijo—, vuestras son las escasas luces que yo poseo; me consideraré dichosa cada vez que os dignéis consultarme. Pero tened en cuenta que no soy más que una mujer, y que necesitáis tener junto a vuestro trono un defensor capaz de esgrimir la espada. Ese defensor, ese brazo vigoroso, esa energÃa varonil que a mà me faltan, los encontrará indudablemente vuestra majestad entre los mismos que, por alianza o parentesco, son ya vuestros apoyos naturales.
Catalina de Médicis pagaba en el acto al duque de Guisa sus buenos oficios.
Fue aquello algo a manera de pacto mudo concertado con una sola mirada, pero que, no nos importa confesarlo, ni era sincero por ninguna de las dos partes, ni estaba llamado, como se verá muy pronto, a ser de larga duración.
El rey comprendió a su madre, y animado por una mirada que le dirigió MarÃa Estuardo, tendió su mano al Acuchillado.
Con aquel apretón de mano le conferÃa el gobierno de Francia.
Catalina de Médicis, sin embargo, no quiso que su hijo se comprometiera demasiado, sin que el duque de Guisa le diera a ella prendas seguras de su buena voluntad. Con este propósito, se adelantó al rey, que probablemente iba a confirmar la demostración primera de confianza con alguna promesa formal, y dijo: