Las dos Dianas

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Maquinalmente volvió los ojos hacia el duque de Guisa, como para pedirle consejo.

Era el primer paso que daba desde que subió al trono, y a pesar de hallarse en presencia de su madre, instintivamente conocía el pobre adolescente coronado que le tendía una celada.

El duque de Guisa, sin titubear, dijo:

—Sí, señor; vuestra majestad tiene razón. Dad efusivamente las gracias a la reina por las cariñosas y alentadoras frases que os dirige; pero no os contentéis, señor, con darle las gracias: decidle también que entre las personas que os quieren y a quienes vos queréis, ocupa ella el primer lugar, y que, por lo tanto, debéis contar y contáis con su eficaz y maternal cooperación en la difícil tarea que, contando tan pocos años, habéis sido llamado a realizar.

—Mi tío, el duque de Guisa, ha sido fiel intérprete de mis pensamientos, madre mía —dijo entonces Francisco II a su madre—. No repito sus frases, porque pronunciadas por mi lengua perderían gran parte de su vigor, pero recibidlas como dichas por mí y dignaos prometer a mi debilidad vuestro precioso apoyo.

La reina madre había dirigido ya al duque de Guisa una mirada llena de benevolencia y de asentimiento.


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