Las dos Dianas
Las dos Dianas —Hijo mÃo —dijo a Francisco—; apruebo que derrames lágrimas por la memoria de aquel cuya pérdida debes llorar más que nadie; yo comparto ese dolor amargo. Sin embargo, debes tener presente que, además de los deberes de hijo, pesan sobre ti otros no menos sagrados. También tú eres padre, sÃ; el padre de tu pueblo. Después de haber concedido al triste pasado ese legÃtimo tributo de sentimiento, vuelve los ojos hacia el porvenir. Acuérdate de que eres rey, hijo mÃo, o mejor dicho, acordaos de que sois rey, señor, y no extrañe vuestra majestad que emplee un lenguaje que os recuerde al mismo tiempo vuestras obligaciones y vuestros derechos.
—¡Ah! —exclamó Francisco II moviendo tristemente la cabeza—. ¡Pesada carga es el cetro de Francia para las manos de un niño de diez y seis años, que no pensaba que tan pronto pudiera gravitar peso tan enorme sobre su juventud, falta de experiencia y falta de gravedad!
—Señor —repuso Catalina de Médicis—, aceptad con resignación y a la par con reconocimiento la carga que Dios os impone; a los que os rodean y os quieren bien les corresponderá después aliviaros de su peso con todo su poder, y unir sus esfuerzos a los vuestros para ayudaros a sostenerlo dignamente.
—Gracias… gracias, madre mÃa —murmuró el joven rey, sin saber cómo contestar a aquellas iniciativas.