Las dos Dianas
Las dos Dianas
IANA de Poitiers hizo una inclinación ligera al rey, otra más ligera a Catalina de Médicis y a MarÃa Estuardo, y no se dignó advertir la presencia del duque de Guisa.
—Señor —dijo—; vuestra majestad me ha mandado comparecer ante su presencia…
No pudo terminar. Francisco II, irritado y turbado a la vez al ver la arrogante actitud de la exfavorita, titubeó, enrojeció, y concluyó por decir:
—Nuestro tÃo, el señor duque de Guisa, ha tenido la bondad de encargarse de haceros saber nuestras intenciones, señora.
Y desentendiéndose del asunto, se puso a hablar en voz baja con MarÃa Estuardo.
Diana se volvió lentamente hacia el Acuchillado, y al ver la sonrisa astuta y burlona que vagaba por sus labios, intentó oponerle la más imperiosa de sus miradas de Juno irritada.
El Acuchillado, que no se intimidaba tan fácilmente como su real sobrino, dijo a Diana después de saludarla con una inclinación profunda:
