Las dos Dianas

Las dos Dianas

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Capítulo XXXVII

DIANA de Poitiers hizo una inclinación ligera al rey, otra más ligera a Catalina de Médicis y a María Estuardo, y no se dignó advertir la presencia del duque de Guisa.

—Señor —dijo—; vuestra majestad me ha mandado comparecer ante su presencia…

No pudo terminar. Francisco II, irritado y turbado a la vez al ver la arrogante actitud de la exfavorita, titubeó, enrojeció, y concluyó por decir:

—Nuestro tío, el señor duque de Guisa, ha tenido la bondad de encargarse de haceros saber nuestras intenciones, señora.

Y desentendiéndose del asunto, se puso a hablar en voz baja con María Estuardo.

Diana se volvió lentamente hacia el Acuchillado, y al ver la sonrisa astuta y burlona que vagaba por sus labios, intentó oponerle la más imperiosa de sus miradas de Juno irritada.

El Acuchillado, que no se intimidaba tan fácilmente como su real sobrino, dijo a Diana después de saludarla con una inclinación profunda:


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