Las dos Dianas
Las dos Dianas —Señora; el rey está enterado del profundo pesar que os ha causado la terrible desgracia que a todos nos ha herido. Su majestad os da las gracias y cree anticiparse a vuestros más caros anhelos permitiéndoos que abandonéis la corte y os retiréis a la soledad. Podéis marcharos cuando lo juzguéis oportuno… esta tarde, por ejemplo.
Diana devoró una lágrima de rabia, y contestó:
—Su majestad colma, en efecto, mis más ardientes deseos. ¿Qué lazos me unen hoy a este lugar? Ninguno. Nada ansÃo tanto como retirarme a mi destierro, señor, y vos, caballero, podéis tener la seguridad de que lo haré lo más pronto posible.
—Perfectamente —repuso el duque de Guisa, con tono ligero, jugando con los cordones de su capa de terciopelo—. Pero, señora —añadió con más seriedad, y dando a sus palabras el acento y la significación de una orden—, vuestro palacio de Anet, que debéis a la generosidad del rey difunto, es tal vez un retiro harto mundano y alegre para una solitaria desolada como vos. Comprendiéndolo asÃ, la reina Catalina se digna ofreceros en cambio el suyo de Chaumont-sur-Loire, más alejado de ParÃs que el de Anet, y por lo tanto, más conforme, según creo, a vuestros gustos y necesidades del momento. En cuanto lo deseéis, estará a vuestra disposición.