Las dos Dianas
Las dos Dianas Comprendió perfectamente Diana de Poitiers que el pretendido cambio era sencillamente una confiscación arbitraria; ¿pero, qué le había de hacer? ¿Cómo resistirse? ¡Ya no tenía influencia, ya no gozaba de poder! ¡Todos sus amigos de la víspera eran hoy sus enemigos! La ahogaba la rabia; pero comprendió que debía ceder, y cedió.
—Me consideraré dichosa —dijo— si me es permitido ofrecer a la reina el magnífico palacio que debo, en efecto, a la generosidad de su noble esposo.
—Acepto esa reparación, señora —dijo con sequedad Catalina de Médicis, dirigiendo a Diana una mirada fría y desdeñosa y otra de gratitud al duque de Guisa.
Parecía como si fuese este último quien le regalaba el palacio de Anet.
—Vuestro es desde ahora, señora —repuso la reina madre—, el palacio de Chaumont-sur-Loire, que quedará muy pronto en disposición de recibir dignamente a su nueva propietaria.