Las dos Dianas

Las dos Dianas

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—Allí —prosiguió el duque de Guisa, quien quiso contestar con una burla inocente a las furibundas miradas que le asestaba Diana—, allí, en aquella soledad, en aquella calma, podréis descansar como mejor os acomode, señora, de las fatigas que, en estos días últimos, os han ocasionado, según me han dicho, las innumerables cartas y conferencias celebradas por vos de acuerdo con el señor condestable de Montmorency.

—Creía servir bien al que entonces era rey —interrumpió Diana—, entendiéndome y poniéndome de acuerdo con el gran hombre de Estado, con el gran caudillo de los ejércitos del reino, para todo cuanto con el bien de este tenía relación.

En su aturdimiento, en sus ansias de contestar cuanto antes a una frase acerada con otra punzante, Diana de Poitiers no supo ver que suministraba armas a sus enemigos, armas contra ella misma, ni se dio cuenta de que recordaba a la rencorosa Catalina de Médicis a su segundo enemigo, el condestable.

—Tenéis razón —dijo la implacable reina madre—. Olvidaba que el señor condestable de Montmorency ha derramado torrentes de gloria y esmaltado con el lustre de sus altos hechos de armas dos reinados enteros. Hora es ya, hijo mío —continuó dirigiéndose hacia el rey—, de que penséis en asegurarle también el honroso retiro que tan trabajosamente ha ganado.


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