Las dos Dianas
Las dos Dianas —El señor de Montmorency —contestó Diana con amargura— esperaba, lo mismo que yo, que le fueran recompensados de esta manera sus dilatados servicios. Cuando su majestad me mandó venir, se hallaba en mis habitaciones, donde supongo que debe continuar. Voy, pues, a reunirme con él, para participarle las excelentes disposiciones que se abrigan hacia su persona. No dudo que vendrá en seguida a ofrecer sus respetos al rey, a darle las gracias por la merced que le hace y a despedirse. Él es hombre, él es condestable, él es uno de los señores más poderosos del reino, y, sin duda alguna, encontrará, más tarde o más temprano, la ocasión de demostrar mejor que con palabras el profundo reconocimiento que le merecen un rey tan clemente con el pasado y unos consejeros que tan útilmente cooperan a la obra de justicia y de interés público que desean realizar.
—¡Una amenaza! —dijo para sà el Acuchillado—. ¡La vÃbora, aun sintiendo la presión del pie que la aplasta se atreve a levantar la cabeza! ¡Mejor que mejor! ¡Prefiero que sea asÃ!
—El rey estará siempre dispuesto a recibir al condestable —dijo Catalina de Médicis, pálida de indignación—. Si el señor de Montmorency tiene alguna cosa que reclamar o alguna observación que dirigir a su majestad, puede venir cuando guste, que se le escuchará y hará justicia.