Las dos Dianas
Las dos Dianas —Voy a decirle que venga —contestó Diana de Poitiers en tono de reto.
Saludó con arrogancia al rey y a las dos reinas y salió con la frente erguida y el corazón destrozado, con el orgullo en el rostro y la muerte en el alma.
Si Gabriel la hubiese visto entonces, se habría creído suficientemente vengado de ella.
La misma Catalina de Médicis estaba dispuesta a odiarla menos después de haberla sometido a tamaña humillación.
Bueno será decir que la reina madre había observado, no sin inquietud, que el duque de Guisa había callado al escuchar el nombre del condestable y no recogió las insolentes provocaciones de Diana de Poitiers.
¿Temería, por ventura, el Acuchillado al señor de Montmorency y sería su deseo contemporizar con él? ¿Se decidiría, en caso de necesidad, a formar una alianza con el antiguo enemigo de Catalina de Médicis?
Importaba mucho a la florentina saber a qué atenerse con respecto a este particular antes de dejar que el duque de Guisa se apoderase del poder, y con este objetivo a la vista, a fin de sondearle, y de sondear al mismo tiempo al rey, dijo, no bien salió Diana: