Las dos Dianas

Las dos Dianas

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—¡La señora de Poitiers es harto impertinente y parece que cuenta demasiado con el poder del condestable! Quizá no le falte razón, porque si conferís al condestable alguna autoridad, hijo mío, será lo mismo que darle a Diana la mitad de aquella.

El duque de Guisa continuó guardando silencio.

—En cuanto a mí —prosiguió Catalina—, me atrevo a aconsejar a vuestra majestad que no divida su confianza entre varias personas, sino que la deposite entera en un solo ministro, sea este el condestable de Montmorency, sea el duque de Guisa o vuestro tío de Borbón, según mejor os parezca, pero que sea uno, y no varios. Que sólo una voluntad ordene y disponga en el Estado, una sola voluntad unida e identificada con la del rey aconsejado por el reducido número de personas cuyo interés único es la gloria y el esplendor del monarca… ¿No sois de mi misma opinión, señor de Lorena?

—Sí, señora, puesto que es la vuestra —respondió el duque de Guisa como condescendiendo.

—¡No me cabe duda! —pensaba Catalina—. ¡Lo había adivinado! Contaba con el apoyo del condestable; pero le he puesto en la precisión de decidirse por él o por mí, y no creo que titubee siquiera.


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