Las dos Dianas
Las dos Dianas —Sabéis perfectamente que es imposible —contestó Francisco de Lorena—; que el cargo de Condéstable no es como el de Teniente General del Reino, porque aquel es inamovible y este no. ¿Pero, no opináis que es incompatible con el de gran maestre, que ostentáis a la par que aquel? Por lo menos, si no la vuestra, es la opinión de su majestad, que os reclama esta última dignidad para concedérmela a mÃ, que no tengo otra.
—¡Mejor que mejor! —gruñó el condestable rechinando los dientes—. ¿Hay algo más?
—No… creo que no —respondió el duque de Guisa volviendo a sentarse.
Comprendió el condestable que le serÃa muy difÃcil contener por más tiempo su rabia, que corrÃa peligro de estallar de un momento a otro, que acaso faltarÃa al rey al respeto y que de cortesano en desgracia se convertirÃa en rebelde… y no quiso dar esta satisfacción a su triunfante enemigo. Saludó brevemente y se dispuso a salir.
Antes de hacerlo, sin embargo, como mudando de parecer, se dirigió al rey en estos términos: