Las dos Dianas
Las dos Dianas
tenor del voto formulado por Catalina de Médicis, los diputados del Parlamento encontraron en el Louvre la armonía más perfecta. Francisco II, sentado entre su esposa y su madre, les presentó al duque de Guisa como Teniente General del Reino, al cardenal de Lorena como superintendente de Hacienda y a Francisco Olivier como guardasellos. El Acuchillado triunfaba en toda la línea; la reina madre se sonreía halagada por su triunfo y todo marchaba a las mil maravillas. Ningún síntoma de discordia turbaba, al parecer, los sonrosados albores de un reinado, que prometía ser dilatado y feliz.
Creyó, sin duda, uno de los consejeros del Parlamento que no sería mal recibida una idea de clemencia por los que respiraban aquella atmósfera de bienestar, y al efecto, al pasar por delante del rey, exclamó desde el centro del grupo de que formaba parte:
—¡Perdón para Anne Dubourg!
Olvidaba por lo visto el consejero el celo por la causa católica que animaba al nuevo ministro. El Acuchillado, según tenía por costumbre cuando le convenía, fingió haber oído mal, y, sin consultar al rey ni a la reina madre, de cuyo asentimiento estaba seguro, contestó con voz recia y severa:
