Las dos Dianas

Las dos Dianas

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—Cierto, señora —dijo María Estuardo—; pero creo recordar que dijisteis también que la del rey podía ser ilustrada por las personas cuyo interés único fuese el de su prosperidad y gloria. Ahora bien: nadie como yo, que soy su esposa, tendrá ese interés, según presumo; y yo, su mujer, le aconsejo, con mi tío el duque de Guisa, que crea en la lealtad mejor que en la felonía de un súbdito valiente y cien veces probado, y que no inaugure su reinado con una iniquidad.

—¿Daréis oídos a semejantes sugestiones, hijo mío? —preguntó Catalina.

—Cedo a la voz de mi conciencia, señora —contestó Francisco II con entereza que no era de esperar de él.

—¿Es esa tu última resolución, Francisco? —gritó Catalina—. ¡Cuidado con lo que haces! Si niegas a tu madre la primera súplica que te dirige, si te declaras independiente de ella para convertirte en instrumento dócil de los demás, te dejaré que reines solo, sin o con tus fieles ministros; no volveré a ocuparme nunca más en nada de cuanto tenga relación contigo o con tu reino, te retiraré los consejos de mi experiencia y de mi adhesión, volveré a mi retiro, te abandonaré, hijo mío… ¡Piénsalo bien…!

—Deploraríamos esa retirada, pero nos resignaríamos a ella —murmuró María Estuardo con voz tan baja que únicamente la oyó el rey.


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