Las dos Dianas
Las dos Dianas Gabriel, sin entrar en detalles, le contestó que habiendo dado una explicación sencilla sobre la muerte de Enrique II, le habÃan mandado que se retirase, sin que ni su persona ni su honor hubiesen sufrido el menor detrimento.
—No podÃa ser de otra manera —dijo el almirante—. Toda la nobleza de Francia habrÃa protestado contra una sospecha que hubiera ofendido a uno de sus representantes más dignos.
—Dejemos esto —dijo Gabriel con tristeza—. Tengo mucho gusto en veros, señor almirante. Sabéis que pertenezco a la religión reformada, puesto que asà lo hice constar de palabra y por escrito. Ahora os repito que soy de los vuestros.
—¡Excelente noticia, que además no puede llegar más a tiempo! —exclamó el almirante.
—Tal vez convendrÃa, por interés mismo de la causa, guardar secreta durante algún tiempo mi conversión. Hace un momento me hizo observar el duque de Guisa que debo evitar en le posible que suene mi nombre hasta que se extingan los rumores que le acompañan, consejo que me he propuesto seguir con tanto mayor motivo, cuanto que mi retraso se conciliará perfectamente con las nuevas obligaciones que me he impuesto.
—TendrÃamos a mucho honor poderos nombrar entre los nuestros…